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Entrevista al poeta Elías Cedeño Jerves, realizada en el año de 1969 por el periodista Hugo Delgado Cepeda, en el Hostpital Luis Vernaza Suárez de la ciudad de Guayaquil, bajo la administración del Dr. Publio Falconí Pazmiño.
Cuando Elías Cedeño Jerves tenía 27 años escribió un poema memorable. Siempre añoraba su niñez en el campo junto a su familia, motivo por el cual quiso regresar a la que fue su hacienda: “San Jacinto” en Río Santo afluente del río Chone, sitio Valle pensativo. El día 5 de enero de 1929 al caer el sol, regresa al lugar antes mencionado, pero qué desilusión encontrar todo en total abandono, tanto la hacienda como aquella casona llena buenos recuerdos ahora llena de telarañas y murciélagos. Decide pasar allí la noche, porque es invierno y comienza a llover. Abrumado por la nostalgia y la soledad comienza a recordar aquellos tiempos, 17 años atrás, cuando él tenía 10 años. De ahí nace esta maravillosa composición que hoy quiero dedicarla a toda la familia vinculada a Elías Cedeño Jerves.

Noche de lluvia

¡Al escribir estas cuartillas he sentido descender sobre mi alma una grande tristeza, una conmoción singular…
¡Recuerdos queridos de mi infancia! y de mi madre, hanse despertado exigentes y poderosos en mi corazón, al conjuro de una noche sollozante de crudo invierno, en que la lluvia cae…cae…cae, con son monótono, acompasado por el continuo croar de las ranas…
Cesa la lluvia, y luego se percibe, solamente en el cercano cacaotal, el vago murmullo de las gotas que, al deslizarse de los follajes, van a parlotear con las resecadas hojas que tapizan el suelo!
Una lámpara tenue, brilla sobre un altar, frente a la imagen de “La Purísima”: cerca de ésta, en un florero de cristal azul, se amortigua un manojo de begonias y de rosas blancas, que mi madre ha colocado allí por la mañana…
A la diestra ostentase el “Niño de Praga”, pintado en cartulina verde mar, dentro de una pequeña urnita, constelada toda de miniaturas de plata: milagros alcanzados del divino infante, por las diferentes personas de la familia.
Al lado opuesto, la efigie de San Isidro, protector de la agricultura, semioculta en un bosque de plantitas gramíneas, de florecillas de habas, de frijoles y de lustrosas hojas de banano que mi padre ha traído de la huerta con tal objeto, con la esperanza de que el bienaventurado labrador, colme sus trojes con el producto de sus tierras, fertilizadas con sus sudores…
Mi madre se arrodilla ante el altar; mi padre la imita, aunque abrumado por el cansancio y el sueño; sus hijos, pequeños todavía, les rodeamos, mal de nuestro agrado,
porque de hinojos, por breves momentos siquiera, causa verdadera mortificación a los muchachos que no saben jamás estarse quietos.
Las personas de la servidumbre forman filas al extremo del oratorio, mientras mi hermana mayor abre un librito de oraciones y empieza los rezos; esas facultatorias en que se solicita a Dios una gracia especial; “por los moribundos, por los caminantes y navegantes, por el eterno descanso de nuestros abuelos y para que nos conceda el ansiado don de una buena muerte”.
Terminada las oraciones, mi madre nos conduce, uno por uno, ante una palangana llena de agua templada, nos lava los pies y nos lleva de la mano, somnolientos ya, al tibio lecho que su amorosa solicitud nos ha preparado; luego nos besa y nos abriga cuidadosa, antes de buscar el propio descanso.
¡Cuán hermoso es dormir, siendo inocente, arrullado por los festejos de la naturaleza, quien se constituye en nuestra nodriza, para adormecernos con sus profundas canciones; cual si fuera un ángel que el cielo nos envía para que junte nuestros párpados con las puntas impalpables de sus alas.
Los párvulos se duermen gozosos, con la idea de incorporarse al brillar el alba, e ir corriendo al jardín y sorprender a las mariposas que revolotean sobre las flores, cuajadas de rocío, antes que la madre despierte, y les obligue a continuar más tiempo entre las sábanas del lecho…
Y hoy,.. ¡Cómo ha cambiado todo aquel cuadro lleno de anunciación y venturosas perspectivas!... siendo la noche de ahora, como la de entonces, fresca y lluviosa; acompañada también por el croar de las ranas; por el viento que suspira entre los boscajes; por los manantiales que murmuran sus estrofas de cristales, fecundando las verdes márgenes donde tantas veces correteé cuando niño… ¿por qué no experimenta mi alma los mismos suaves encantos que entonces la embargaron?...
¡Ay!... ¡Es que ahora estoy muy solo! ¡Es que ya no tengo madre que me bese y me consuele! ¡Es que ya no me quedan ni esperanzas, ni fe, ni inocencias, ni alegrías infantiles!
¡Es que el dolor ha venido a fijarse irremisiblemente en mi alma! ¡Y ya no hay flores ante ninguna imagen, ni imagen ante el altar, ni altar en ninguna parte!
¡Es que el hogar de mis padres, ha quedado, por la ausencia y por la muerte, triste como un cementerio, y porque mi corazón se ha convertido en una tumba negra y fría, donde yacen para siempre, mis venturas pasadas, mi candidez perdida, mis amores mal logrados, mis creencias… y todo….
¡Y es, precisamente, a causa de este irónico contraste, que ha experimentado mi alma una, tan honda como repentina, tristeza! al evocar esas amantes noches invernales de ahora diecisiete años, saturadas de los inocentes placeres de la infancia, al calor de los afectos familiares, del dulce influjo de la religión y de los amorosos cuidados de esa santa madre, que ya duerme eternamente, helada y silenciosa, lejos de sus queridos hijos, y a la sombra de un melancólico sauce, que sustenta una tierra que no es la suya!


6 de enero de 1929



El valle

Patrimonio Cedeño Jerves
Viajero: si algún día
de Chone cruzas las regiones fértiles
que dan al Septentrión, no te detengas;
sigue y rebasa el escabroso y alto
cerro de Las Chamizas que domina
una vasta extensión, bordea luego
el bramador torrente que en sinuosas
revueltas corta repentinamente
el desigual camino... Varias casas
encontrarás a uno y otro lado
pero en ninguna de ellas te detengas;
sigue animoso cabalgando y pronto
verás alzarse en tu trayecto una
poco elevada y verdegueante loma
flanqueada de piñuelas y piñones...

Escálala... y arriba en su eminencia
echa pie a tierra, hacia el frente observa
el amplio panorama que a tu vista
se ofrecerá... Rodeada de montañas
azules y distantes,
un valle pensativo en cuyo centro
destaca su silueta
vetusta casa de inclinado techo
y paredes ahumadas. Por tres lados
tupidos pajonales y, hacia el fondo,
un ancho cacaotal cuya frontera
es una suave y amarilla loma...
En dos mitades dividiendo el llano,
verás correr como plateada sierpe,
un espumante arroyo en cuyas márgenes
crecen guasmos, frutillos, higuerones,
cañas, guarumos y gigantes guabos
de cuyas frescas frondas
se alzan, de vez en vez, grandes bandadas,
de loros , de turrengas y palomas
y uno que otro porfiado carpintero
que con pico filudo y acerado
taladra el tronco de algún árbol muerto.

Pues bien, quiero que sepas
que aquel hermoso y solitario valle,
el patrimonio fue de mis mayores,
que aquella vieja y espaciosa casa
fue en un tiempo el hogar de mi familia.
Que allí pasé los días
bellos, inolvidables de mi infancia
y los más gratos de mi adolescencia,
de mis padres y hermanos
en dulce compañía...

¡Cuántos años
desde entonces han corrido!...
Y hoy, ¿qué aprovecha
 contar por cada uno de mis duelos,
los días que a esos días han seguido?
Sólo sé que mis padres
convertidos en polvo
en tumbas ignoradas
para siempre reposan...

Y sé que a mi familia
la dispersó impetuosa
la tempestad de la contraria suerte...
Y que el valle nativo
y el hogar de mis padres
pertenecen ahora
a personas extrañas...

Pero allí, buen viajero, mis recuerdos
más queridos están... En esos sitios
mi alma se cierne en noches sosegadas
en busca de las caras y benditas
reminiscencias de la edad pasada.

Allá vuela mi ardiente fantasía
a recoger las flores melancólicas
 de las viejas memorias
para tejer con ellas las guirnaldas
con que adorné mis tristes poesías...

¡Viajero!, cuando pases
por el valle querido,
¡háblale de mis grises añoranzas!
¡repítele de nuevo mis adioses!

1937






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